2020

Escribir recuentos anuales siempre se me habia hecho sencillo, hasta que llegó 2020 y básicamente me dejó en blanco.

No porque no tenga nada que contar en absoluto, sino porque en este año atípico y raro me ha costado como nunca ordenar pensamientos, identificar sentimientos, abrazar frustraciones y vivir el presente. Es como que siempre había visto hacia atrás, pero mirando hacia lo que el futuro traía, hacia la acción o la expectativa. Este año tocó quedarse muy quieto y eso revolvió muchas cosas por dentro. Claro, también me dio chance de pensar muchísimas cosas, de conocerme más, de abrazar lo incierto y de acordarme nuevamente que lo único constante es el cambio.

Voy a permitirme escribir sin pretensión, porque cuando quiero controlar lo que sale es cuando termino sintiendo muy lejos de lo que escribo y no es una sensación que me guste. Creo que lo único que pretendo es soltar, desahogar, dejar que salgan las palabras y que cada quien haga de ellas lo que mejor le parezca.

No hay viajes pero hay un hogar

Me pegó fuertemente no poder viajar al extranjero este año, para que lo voy a negar. Sí, no es algo imprescindible y no me voy a morir por no haberlo hecho, pero pocas cosas en la vida me causan mas emoción, adrenalina y felicidad que planear, ejecutar y vivir un viaje, y este año la posibilidad se fue por un hueco.

Pero…estar tanto tiempo en mi casa también me abrió los ojos a algo que de repente no había querido ver: que disfruto muchísimo de tener una base, un lugar al cual llegar siempre, y que puedo llamar mi casa. En algún momento, sobre todo antes de irme de mi trabajo anterior, acariciaba la idea del llamado “nomadismo digital” y de irme a viajar por tiempo indefinido. Idealizaba mucho este estilo de vida, y parte de mis planes para este año y los que seguían era irme según yo por mucho tiempo. Al final no sucedió, y me doy cuenta que en realidad era más una quimera que un deseo real.

Yo disfruto mucho estar en mi casa, tener mis cositas, mi rincón para hacer arte, mi patiecito, mis perros, mis ropita cómoda. Disfruto recibir a mis amigos aquí (bueno, cuando se podía) y tambien saber que aquí está mi familia y mi corazón. Conste, ni siquiera hablo de Costa Rica, sino de mi casa, de esos pocos metros cuadrados donde vivo y transcurro. Algo tan cotidiano que a veces se da por sentado, y la verdad que es de las cosas por la que estoy más agradecida este año.

No hay vida social pero hay familia

Confieso que la parte del aislamiento social a mí no me pegó tanto como a otras personas. Mi introversión fue de gran ayuda para esto, pero aún así, todos tenemos necesidades CH (calor humano, como decía una conocida) y yo no soy la excepción.

Aunque podría vivir sin ver al 90% de la humanidad, a ese 10% que sí quiero ver lo extrañé mucho. A esa amiga que este año estuvo peleando contra una enfermedad. A ese amigo que todos los días se levanta a luchar contra la ansiedad y demás demonios. A la amiga viajera que sufrió igual que yo por ver sus planes trotamundísticos frustrado. Al amigo que cocina pho y al cual basureo constantemente porque le tengo mucha confianza. A las amigas que son como mis comadres y compañeras de maratones chuiqueras. A las amigas princesas. Y a muchos más que no menciono acá pero que ahí están presentes. Extraño verlos, hablarles en vivo y sobre todo, abrazarlos.

Pero..he pasado mucho tiempo en familia, como hace mucho no lo hacía. Luego de 3 meses de no ver a mami ni a mi sobrino, empecé a verlos de nuevo, con todas la precauciones del caso y terminamos emburbujándonos un poco con ellos y con mi hermana y cuñado. Hablar de unión familiar en mi casa es un poco complicado (por razones complicadas) pero por lo menos hubo un interés común de mantener a mi mamá sana y sobre todo de darle mucho cariño, porque de todos nosotros fue posiblemente la que se deprimió más con este año tan perro.

En setiembre la llevamos a conocer Punta Uva y Manzanillo. Ella, que conoce medio mundo literalmente y no había ido aún al Caribe Sur. Quedó fascinada y yo me llevo la satisfacción de haberla hecho feliz. En noviembre hicimos un viaje familiar a la playa y fue bonito verla contenta, disfrutando de salir de casa y estar con sus hijas, nieto y yernos.

No hubo canto pero hubo ukelele

En enero de este año, haciendo scrolling en Instagram, me encontré el perfil de esta chavala que daba clases de canto. No sé explicar porque en ese instante, pero la vocecilla interna me alentó a experimentar. ¿Por qué no? Cuando era niña había estado en el coro de la escuela, y en general siempre me ha gustado cantar, aunque no lo haga en público, así que no había nada que perder.

Contacté a la chica, empecé a llevar un par de lecciones en su casa, pero luego se vino la pandemia y el proyecto quedó enterrado. Aunque hubiera podido continuar en línea, la verdad que me dio pereza porque sentí que la profesora tenía demasiadas cosas que resolver por su lado y de hecho se perdió después de haberme dicho que continuábamos luego de Semana Santa. Así que al carajo el canto.

Pero, me quedaba la espinita musical y yo de verdad quería aprender algo. Así que otro día, haciendo scrolling de nuevo en Instagram me encontré una cuenta de un chico que tocaba covers en ukelele. Me quedé viendo todos los videos y la vocecilla otra vez me dijo “¿Por qué no?. Sin pensarlo demasiado, compre el instrument línea y llegó a finales de abril.

Después tocó revolcar YouTube para encontrar tutoriales buenos, porque iba a ser una cuestión autodidacta 100%. Terminé encontrando buen material y empecé por aprender acordes, como afinar el instrumento, rasgueos básicos y luego empezar a tocar canciones. Cuando me di cuenta ya me estaban saliendo tres canciones enteras y luego de 8 meses, ya puedo tocar decentemente varias piezas e incluso tocarlas en público sin que me de tanta pena.

Si bien me falta mucho aún para tocar como una pro, pocas cosas me han dado tanta satisfacción como aprender a tocar un instrumento por amor. Creo que la clave ha sido precisamente tocar por puro cariño, sin ningún tipo de pretensión o aspiración, más allá de divertirme, aprender y sentirme bien. Es quizás, mi logro más grande al año.

No hubo escritos pero hubo arte

Este fue un año poco prolífico para la escritura. No sé exactamente la razón, pero oscila entre el bloqueo derivado de la pandemia, mi procrastinación, y enfocar mi energía creativa en otros proyectos que inicié o que retomé, entre ellos, la ilustración.

Había estado casi dos años sin dibujar absolutamente nada, luego de mi último intento fallido de “vivir” del arte según yo, y este año me sentí ya lo suficientemente fresca como para agarrar los lápices, la plumilla y el cuaderno y empezar otra vez de cero. ¿El resultado? Haber recuperado el hábito de dibujar, si no todos los días, al menos unas 3 veces por semana. Aún no me siento lista para compartir las cosas que hago con otras personas: luego del último chasco donde puse demasiadas expectativas en lo que estaba haciendo para terminar abrumada y sintiéndome como un fracaso, decidí ser más cautelosa y evitar las trampas del ego. Quizás el 2021 será en año en que me ponga ahí afuera y comparta de nuevo mi arte, pero por ahora agradezco a 2020 el soplo de aire fresco para reencontrarme con esa pasión.

Con respecto a la escritura…no la estoy abandonando, para nada, pero sí me estoy replanteando que es lo que quiero escribir y con quien quiero compartirlo. Lo que me lleva irremediablemente a repensar este blog. Aún no estoy segura de cual será mi siguiente paso, pero se que va más en la direccion de escribir cuestiones más intimistas, más personales, y de repente esa va a ser la evolución.

Hubo agradecimiento y mucho

Todos los años hago este balance tratando de entender, recapitular y analizar lo que viví durante esos 365 días, y siempre dejo un campito para el agradecimiento porque de verdad que hay muchas cosas por las cuales dar gracias. Este año no es la excepción, y si se quiere, la lista es mucho más larga. Así que sin orden de prioridad ni nada, yo estoy agradecida con 2020 por lo siguiente:

  • Por mi familia. Porque han gozado de salud, se han librado del virus y porque hemos compartido momentos bonitos con todo y todo. El viaje a la playa, la tamaleada, las tardes lluviosas de videojuegos, las mañanas soleadas para jugar en el jardín de mi mamá con mi sobrino, y demás vivencias que uno atesora para luego.
  • Porque tengo buena salud y porque mi cuerpo me permite hacer muchas cosas como poses de yoga, bailar, caminar distancias largas y disfrutar de los placeres sencillos como una taza de café humeante en la mañana o el olor de las flores.
  • Porque tengo un compañero de vida que me ama, me sostiene, me divierte, me soporta y me ayuda a llevar mejor las cosas del día a día.
  • Porque tengo un trabajo que amo y lo hago con gente que me cae bien y a la cual le tengo aprecio.
  • Porque tengo amigos y amigas. Tengo gente que me extraña y a la cual extrañar también.
  • Porque no me falta comida en la mesa nunca.
  • Porque vivo en un país donde se puede estar en contacto con la naturaleza muy fácilmente.
  • Porque se que tengo más cosas por las cuales estar agradecida, sólo que no las recuerdo.

No tengo planes ni propósitos para 2021. Creo que he aprendido a vivir mejor el presente y a jugar con las posibilidades, según vengan. Así que sólo tengo para el 2021 un par de deseos: salud y amor en cantidades industriales para todos. Que así sea!

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