Encierro

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El despertador suena todos los días a las 6:30 a, excepto los jueves y los domingos. Vuelve a sonar de nuevo a las 6:40, a las 6:50 y por último a las 7, aunque de vez en cuando lo dejo sonar hasta las 7:10. Nunca he sido una persona madrugadora, entonces es normal que me cueste levantarme de una. Lo estoy intentando, más que todo para usar ese tiempo sabiamente haciendo cosas que me gustan o perdiendo el tiempo, pero a mi manera.

Lavo la montaña de trastes del día anterior, paso limpión por sobre la mesa, la cocina y el desayunador y dejo todo listo para cuando Pedro venga a cocinar el desayuno. Es un acuerdo que nos sirve a ambos. Mientras Pedro cocina, yo aprovecho y leo un poco. O pierdo tiempo en el celular, qué se yo. Una vez listo el desayuno, me tomo el cafe con mucha calma y como. Una de las cosas que más feliz me hacen en la vida es tomarme el café tranquilamente, sin hacérmelo tragado y sin pensar que llego tarde a x lugar. Gracias vida, por mis horarios alternos.

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He logrado hacerme una rutinita diaria que me gusta. Dependiendo del humor, y y del día del mes varío entre las diferentes actividades. Algunos días leo, dibujo, pinto, toco el ukelele y hago yoga. Otros solamente leo, hago zumba y toco el uke. Otros dibujo, hago zumba y luego toco el uke. De vez en cuando veo algún capítulo de alguna serie que me gusta, sólo si estoy realmente enviciada dedico mas tiempo a la tele. Casi no he escrito la verdad, de todos mis hobbies es el que he dejado mas abandonado este año. El bloqueo ha sido fuerte, pero de vez en cuando me siento y escribo algo, aunque sean dos párrafos de esa novela que tengo en mente y que nunca despega, o de un cuento, que después dejo tirado porque me parece malísimo. Casi siempre y a la misma hora, saco a las perras a que se estiren al patio. Al mediodía, me siento a trabajar.

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Curioso como la rutina me ha salvado de la locura en esta ocasión, cuando en otro momento de la vida estuvo a punto de volverme loca. La diferencia esta en que ahora la disfruto porque he tenido mas libertad para decidir lo que hago en mi tiempo, el cacareado “work and balance”, que en mi caso al menos existe y tengo mucho rango de maniobra porque aparte del trabajo no tengo ninguna otra responsabilidad encima. Se que no todo el mundo esta la misma posicion, y por eso no suelo hablar de ello, sobre todo con la gente que tiene hijos y que muchas veces piensa que solo ellos se cansan, que solo ellos se agobian, que solo ellos se sienten hartos. No es así. A todos nos ha pegado igual este año de mierda en lo que se refiere al ánimo general y colectivo.

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Extraño Canadá. Esas montañas y esos lagos que no visité. Esos compañeros de trabajo que no conocí. Extraño España. Esas tapas y vinitos que no me comí ni bebí. Esos amigos con los que no compartí. Extraño Noruega. Esas auroras boreales que no vi y la familia que no reencontré.

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Al principio de todo, estábamos más pendientes. Todos preguntando “están bien, como se sienten, hablamos,hagamos videollamada” o los “cuídense, hablamos luego, llámeme, aquí estoy”. Ahora todos los día se sienten el mismo y pasó la novedad de ver como están aquellos que nos importan en teoría. Siempre me ha pasado que cuando mando mensajes para intentar entablar conversación y noto que no hay entusiasmo, siento que estoy molestando y me retiro. Es una maña jodida y parte de mi personalidad, que a veces quisiera cambiar pero me es difícil. No todo se trata de mí. Se que mucha de mi gente querida está luchando también con muchos demonios a la vez. O con pocos, pero de los bravos. Ellos también están de bajonazo, ocupados con sus propias preocupaciones, matando las pulgas como pueden. Pero a veces no puedo evitar sentirme un poco solitaria. Tengo a Pedro, a mi perros, a mi gato, pero no es lo mismo. Extraño esos tiempos de verme con algún amigo/a y hablar sobre la vida. Los mensajes y audios de Whatsapp no son lo mismo.

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A mí me gusta vivir en Costa Rica, de verdad que sí. No porque crea que es el mejor país del mundo. No lo es, ciertamente, y siempre me ha cagado los nacionalismos idiotas, que creen ciegamente que un país es la gran chupada del mango sólo porque uno nació ahí. Creo que me gusta porque en primer lugar, tengo arraigos aquí, la gente que más quiero vive acá; y en segundo lugar, porque la naturaleza aquí es ridículamente bella y vibrante. Pero hay días en que me asalta un deseo fuerte de irme de aquí, y me asusto cuando siento que ese impulso me atrae con fuerza, como un agujero negro. Siento desesperanza cuando pienso en lo que espera a este país; cuando pienso que tenemos la religión y el narco metidos hasta las cachas en el Gobierno; cuando pienso que mis ahorros estan más seguros debajo del colchón que en un fondo de pensiones. Sí, estoy pesimista y 2020 no ha ayudado en nada.

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Hay días en que extraño tener una mejor amiga. Tengo amigas buenas, las quiero mucho, pero ninguna es mi mejor amiga. Quienes tengan una saben a que me refiero. Esa amiga con la que uno mensajea todos los días, aunque sea para una estupidez. Esa amiga cuya familia es como la propia familia, y hasta los tíos y primos saben de uno. Esa amiga que pase lo que pase está ahí siempre para hablar. Lo cual me lleva a la inevitable encrucijada y la contradicción con patas que soy: quiero una mejor amiga, pero al mismo tiempo, es posible que me ofusque una vez que sienta que no tengo suficiente espacio para mí, Históricamente nunca he podido tener una mejor amiga, o todo ha terminado mal, y a estas alturas ya dudo que pueda (quiera) pasar por ahí de nuevo

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Mi sobrino crece rápido. Aún es un niño inocente, y maldita sea, que siempre estoy ansiosa pensando que pronto va a ser adolescente y ya no va a querer estar conmigo tanto como ahora. La maldita pandemia tambien me ha quitado el placer de abrazarlo y besarlo. El tiempo va más rápido de lo que yo quisiera y no puedo hacer nada.

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En las noches vemos Netflix. Hemos visto muchas películas y una que otra serie. Me gusta ver tele, pero apenas siento que me esta absorbiendo demasiado tiempo, me retraigo. Me espanta la idea de pasar todo un día viendo televisión sin nada más que hacer. No está mal para nada, pero me invade esa sensación de que tengo tan poquito tiempo en la vida como para gastarla en la tele. Sí, tengo que relajarme más.

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El encierro este año ha sido literal y metafórico. Literal porque aunque ya podemos salir más, ya no se puede salir igual. Una simple salida a comer se vuelve un vía crucis de alcohol en gel y paranoia. Un viaje a la playa se tiene que planear meticulosamente. Es más fácil quedarse encerrado a decir verdad. Tengo la ventaja de saber vivir conmigo misma, de caerme muy bien y de no aburrirme nunca estado sola, pero tanta soledad me ha llevado tambien a este encierro metafórico. Un encierro donde siento que nadie me comprende, o donde mis problemas son menores, y por lo tanto no hay porque molestar a los demás con detalles nimios.

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Al día siguiente, todo comienza de nuevo y me pregunto que sentirá un pájaro cuando le abren la puerta de la jaula.

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