Guía express de Chile-Episodio 6: Santiago

Con uno de los tantos murales que hay en Santiago

Santiago de Chile. Una ciudad que apenas comencé a entender. Una ciudad difícil de definir, difícil de encasillar, difícil de digerir.

No puedo decir que me haya enamorado de ella, como sí me enamoré de Buenos Aires, de Rio, de Medellín, de La Habana, de Ciudad de México. A lo más que llegamos Santiago y yo fue a un discreto coqueteo que a ratos provocó un temblor en mis piernas. ¿Supongo que eso es bueno? como cuando un pretendiente no te convence pero te resulta tan enigmático que estás dispuesto a darle otra oportunidad sólo por resolver el misterio. Algo así es la mezcla de sentimientos que me quedó luego de visitar la capital chilena.

Santiago puede ser esa ciudad moderna y ejemplo para el resto de América Latina. La ciudad del SKY Costanera, del “Sanhattan”, de las Condes, el hogar de los startups en América del Sur, la sede de muchas empresas transnacionales. Esa modernidad y progreso es la imagen que se proyecta al exterior y la que muchas personas quieren ir a ver. Es la cara linda de un Santiago que también tiene alma de perro herido.

Parte de la dualidad de Santiago es esa sensación de estar en una urbe tranquila, civilizada, donde la gente no arma quilombos, pero en la que hay mucha furia en ebullición debajo de toda esa careta de “normalidad”. Si uno desea empezar a entender a Santiago, al santiaguino y a Chile hasta cierto punto, no se le puede desligar de su pasado doloroso. Por eso nuestro itinerario en esta ciudad fue un tanto diferente al que se ve en los folletos de turismo. Este capítulo de la mini guía es también un poco distinto a los anteriores, porque Santiago no me conmovió por su belleza, pero sí me movió el piso de otra manera más cruda: me puso a pensar.

La muerte

Posiblemente la tumba más visitada de todas

Quizás a un santiaguino que ame su ciudad no le va a gustar lo que voy a decir, pero Santiago es un ciudad donde la muerte acampa. No en el sentido sensacionalista, como de que uno está parado en una esquina y alguien le puede meter un tiro o que la gente se muere por una peste, sino más bien como una presencia constante que acompaña a la ciudad como si fuese su sombra.

Al día siguiente de llegar a Santiago, Pedro y yo nos enrumbamos al Cementerio General. Realmente no teníamos un itinerario definido para hacer en la ciudad, porque a diferencia de otras ciudades ni siquiera llevábamos una lista de lugares imperdibles. Algunos chilenos que conocimos incluso nos decían que allí “no había nada para ver”. Así que no tengo mucha certeza de cómo fue que se nos prendió el bombillo de ir al panteón. Creo que fue que leímos en alguna parte que ahí estaban las tumbas de Víctor Jara y de Salvador Allende y como buenos “chancletudos” queríamos ir a verlas.

Tomamos el metro en la estación Cal y Canto para subir hasta la estación Cementerio. Ahí nos bajamos y encontramos de un lado el Cementerio Católico y del otro el Cementerio General, que es este camposanto enorme con memoriales a figuras históricas, políticas y culturales de Chile. Se que hay gente que no gusta de ir a cementerios, pero a mí siempre me ha parecido interesante ver como la gente le rinde tributo a sus muertos en las diferentes partes del mundo a las que he ido.

Caminando nos encontramos a un guarda muy amable que nos dio un mapita y las indicaciones para llegar al memorial de Allende. Como era de esperarse, era uno de los mausoleos más visitados: desde personas que le llevaban flores hasta grupos de gringuitos junto a su guía de city walk, escuchando la historia del 11 de septiembre y otros acontecimientos históricos. Creo que nunca se sabrá si los restos que están allí son verdaderamente de Allende, pero es curioso que su legado siga tan vivo en la memoria de la gente, cuando el llamado “milagro chileno” donde la economía surgió y posicionó al país como un “ejemplo en la región” se dio luego de su derrocamiento. En fin que su figura, amada y odiada, no pudo ser jamás reducida.

Al otro lado del cementerio, encontramos la tumba de Víctor Jara. Es un nicho bastante humilde, con sus bordes pintados de rojo y una dedicatoria que dice “El Derecho de Vivir de Paz”, ubicado junto a un árbol que también tiene la raíz pintada de rojo y de donde cuelgan lacitos, decoraciones y mensajes dedicados al cantor. Es posiblemente la otra tumba más visitada de este lugar.

Lo espeluznante del corredor donde yacen los restos de Víctor es que son aproximadamente 400 metros de nichos donde la fecha de fallecimiento de casi todas las personas está entre el 11 y el 30 se septiembre de 1973. Creo que no tengo que extenderme mucho en este punto para transmitir la sensación tan sobrecogedora que tiene uno al darse cuenta del exterminio que se llevó a cabo inmediatamente luego del golpe. Muchas de esas personas que ahora están ahí fueron encontradas hasta mucho tiempo después.

Casi saliendo del Cementerio encontramos a una señora regando las plantas al lado de un enorme Memorial para los Desaparecidos y Ejecutados Políticos. Ella nos vio la pinta de extranjeros e inmediatamente nos saludó con su cantadito chileno particular. Nos contó que su abuelo era uno de tantos en esa lista enorme de nombres que desfilaban por el memorial. No lo han encontrado. Tertuliando con ella se nos fueron como 2 horas enteras, entre historias, críticas a nuestros respectivos países, y reflexiones en torno al mundo y como va de culo en ciertas cosas.

Salimos de ahí con un sentimiento mixto. Por un lado era un lugar triste, pero por otro un recordatorio permanente de las cosas que nunca deben repetirse, y para nosotros como ticos una ventana a otra realidad que en nuestro país, afortunadamente, desconocemos.

El horror y la luz

Gato vagando por Villa Grimaldi. Es practicamente la unica foto que tengo del lugar, porque su vibra es tan dolorosa y triste que se me hizo difícil ponerme a documentar.

Siendo fieles a nuestra costumbre de ir a ver tanto lo bonito como lo feo de una ciudad, Pedro y yo entramos en contacto con Diego, un muchacho joven que iniciaba sus pasos como guía turístico y con el que arreglamos un tour privado para ver el Santiago real, incluyendo una ruta de la “memoria”.

El día que hicimos este tour empezó lluvioso. Una circunstancia muy curiosa, dado que los dos días anteriores había hecho un calor increíble y un sol picante. Parecía como si la vida supiera que íbamos a visitar lugares tristes, porque nos puso de telón una lluvia necia e insistente.

Nuestra primera parada fue el Memorial Bulnes, donde destaca la historia del Padre Alsina. Cuentan que este cura fue uno de los mártires luego del golpe, ya que fue acusado de marxista y ejecutado junto a otras decenas de personas bajo el puente Bulnes. Se dice que antes de morir le dijo a su asesino que no lo matara con los ojos vendados, sino mirándole de frente “para poder darle el perdón”.

Seguimos hacia la comuna de Quinta Normal para visitar el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, concebido en 2007 como un gran centro educativo y de información sobre los hechos acaecidos entre 1973 y 1990. Es un museo bastante grande y bien organizado, cuyo recorrido lo lleva a uno por los antecedentes del golpe, los hechos del 11 de septiembre y luego los años de la Junta Militar hasta la disolución del régimen en 1990 debido a la presión internacional. Se apoya en documentos históricos como periódicos, videos, fotografías, etc. Diego nos explicó con mucho detalle la sucesión de acontecimientos y recalcó que aunque algunas personas no están de acuerdo con el enfoque del museo, es necesario que el espacio exista para recordarle a los más jóvenes este capítulo. De hecho vimos numerosos grupos de estudiantes en visita, algunos poniendo atención, otros no tanto.

Seguimos para dar una vuelta rápida a La Moneda, el palacio presidencial. Si bien no se puede entrar sin previa cita aprovechamos para dar un paseíto por la plaza que está detras, donde nuestro amigo nos contó algunas curiosidades, como por ejemplo que la puerta por donde entraron los militares al palacio durante el golpe no volvió a ser abierta jamás, como una muestra de respeto.

El último punto del recorrido de la memoria fue una lugar que yo posiblemente no olvide jamás por la sensación que tuve estando ahí: Villa Grimaldi.

Villa Grimaldi fue uno de los centros clandestinos de detención más grandes en Santiago, ubicado en la comuna de Peñalolén, en las afueras de la ciudad. Hoy en día es una especie de parque dedicado a las personas que pasaron por allí: algunas salieron vivas, muchas otras no, y otras más se esfumaron. En su tiempo fue un centro de recreo para artistas e intelectuales chilenos; después del golpe se convirtió en centro de tortura e interrogación. Si bien no se conserva casi nada de las estructura originales, hay varias recreaciones. Una en especial, la Torre, es demasiado sobrecogedora por la energía que emana. Recuerdo haber entrado junto con Diego y Pedro para ver algunas láminas de información. Ellos dos salieron y yo me quedé sola ahí unos minutos. Empecé a sentir una angustia, una opresión y una tristeza como pocas veces la he sentido en mi vida. Como persona altamente sensible que soy, suelo ser muy receptiva a las energías de los lugares y les juro que ahí en Villa Grimaldi uno siente todo el peso del dolor caerle encima.

Cuando nos fuimos, la lluvia había dejado de caer, pero yo estaba a punto de llorar.

Fantasilandia

A pesar de su pasado desgarrador, Santiago se erige hoy como una especie de “tierra prometida”, aunque en el fondo no lo sea. Peruanos, venezolanos, colombianos y haitianos abundan por sus calles. En el caso de los últimos, se sospecha que fueron traídos de manera sistemática por mafias que les prometieron dinero, empleo y bienestar. Considerando que Haití es una especie de infierno en la tierra, Santiago apareció ante ellos como una fantasía de prosperidad.

Fantasía sobra en Santiago. Están las chicas y no tan chicas que deambulan frente a los “cafés con piernas” en el corazón de la ciudad; los graffitis chillones de Barrio Yungay; las luces y la fiesta en Bellavista; la poesía y las contradicciones de Neruda; los peruanos vendiendo viagra artesanal y mariguanol en los mercados; los mercadillos de ropa usada y tilicheras; el Spiderman del metro al que no pude ver porque ya no baila ahí. No en vano hay un parque de diversiones llamado Fantasilandia, donde también había un bailarín famoso y hogar de las sillas voladoras más extremas que estos ojos hayan visto.

Santiago parece ser la tierra de la fantasía para muchos, que a pesar del costo de la vida elevado, saben que les va mejor acá que en sus países o incluso en sus provincias. Dar una vuelta por el mercado Tirso de Molina o La Vega es toparse con esa mezcla compacta de latinos que compran fruta, venden artilugios chinos, gritan y le jalan del brazo a uno para que compre “¡mire, que no hay lugar más barato que este!”

No se si la fantasía da para tanto. Pero es un hecho que la realidad tampoco, así que mejor vivir en el limbo que existe entre ambas.

Renaciendo

Barrio Yungay, uno de los epicentros culturales de Santiago.

A pesar de haber muerto varias veces, Santiago ha renacido en la misma medida. Su gente aún sonríe, es amable, te da direcciones, te pregunta de donde sos cuando oye ese acento raro que en definitiva no es mexicano, ni argentino, ni venezolano ni colombiano. Quizá no sea la ciudad más perfecta, a veces dan ganas de huir de ella pero a la vez inspira un deseo extraño de quedarse un poco más.

Ese deseo lo sentí al recorrer sus calles con lluvia. Es una cosa muy curiosa, pero Santiago es una ciudad que con lluvia se vuelve más bella. El calor no le sienta bien, se ve más linda con sus árboles cargados de rocío. También lo sentí al visitar lugares tan pintorescos y bonitos como el Barrio Lastarria, el Centro Cultural Gabriela Mistral y el Templo Bahai con su arquitectura loca y su vistada completa del skyline santiaguino (¡que no pude ver por la lluvia!).

Lo sentí especialmente en un rincón de la ciudad que amé profundamente: el Museo Violeta Parra. Confieso que hasta hace poco más de un año lo que yo conocía de Violeta era “Gracias a la vida” y paren de contar. Nunca me había demasiado su obra, sabía que era un referente de la música chilena y ya. Un par de meses antes de nuestro viaje, Pedro me había introducido un poco más a su música y empecé a desarrollar una curiosidad hacia su figura. Quería saber más sobre esa mujer intensa y creativísima.

Diego, nuestro acompañante, supo leernos a la perfección y por ello metió esta parada dentro de nuestro recorrido por Santiago. Inaugurado en 2015, el museo es pequeño pero colorido. La entrada no tiene precio definido, pues es una especie de donación voluntaria y a cambio te dan a escoger un imán ilustrado con alguna de las obras de Violeta.

A lo largo del recorrido aprendí mucho sobre ella: la Violeta humana, la cantora, la bordadora, la escritora y la pintora. Sin desmerecer su legado, creo que la famosa Frida Kahlo palidecería a su lado. Ver sus cuadros hechos de hilos, su guitarrón y sus manuscritos originales de puño y letra me conmovieron mucho. Sí, yo me conmuevo mucho con todo, pero más con el arte sincero y pasional como el de ella.

Cuando salimos del museo dimos una vueltecita rápida por Lastarria, un barrio pequeñito y de aire muy europeo, punto bohemio y artístico en medio de una ciudad que ha renacido también a través de la gráfica, del mural, del graffiti y del mosaico. Santiago es una ciudad que poco a poco se hace más bonita gracias a sus colores. Y si bien hay mucho gris y mucho terracota todavía, cada vez hay más manchas cromáticas representadas en barrios como Bellavista, Yungay, Brasil y Providencia.

Lo que salva el día

Aunque la oscuridad y la luz de Santiago abrumen el espíritu de maneras inesperadas, siempre habrá algo que salve la jornada y es por supuesto una buena empanada de pino. Nosotros probamos las mejores de la ciudad, según nuestro amigo, y si bien no sé que tan cierto sea, sí se que fueron la manera más noble y criolla de terminar nuestro recorrido urbano.

Chile, al igual que otros países suramericanos, se ufanan de tener las empanadas más sabrosas y no dudan en sacarlo a colación cada vez que pueden. Hay de todo: caprese, de jamón, de pollo…pero la más emblemática es la de pino. Rellena de carne de res, huevo duro y aceitunas, es la comida oficial del chileno de a pie porque es barata, rica y satisface el hambre.

La empanada salvó el día, aunque sería injusto decir que fue el remedio de un día malo. No tuvimos días malos, sino intensos. Nuestro periplo por Santiago fue ciertamente pesado a nivel emocional: fue como estar sentado en las sillas voladoras de Fantasilandia, subiendo y bajando constantemente; pasando del llanto al placer en pocos instantes.

¿Que si volvería? No lo sé. Lo más probable es que sí. Hasta las ciudades que menos me han gustado tienen algo que por qué regresar. Santiago no debería ser la excepción. Sólo que a diferencia de otras, esta ciudad ha sabido generarme un sentimiento altamente contradictorio. Por un lado quiero huirle, por el otro quiero amarla.

Como dijo una amiga chilena, Santiago te exige mucho como compañera de vida. Talvez el secreto está en tenerla de amante. Hasta que vuelva no lo sabré, por ahora me queda su historia, su gente y la hermosa cordillera nevada que guarda sus secretos y su dolor.

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