Me fui pa’ la mierda

Y no fue para irme a viajar por el mundo…

Así es. Hace poco mas de un mes renuncié a mi trabajo de 8 años. Ese trabajo relativamente estable y medianamente predecible con el que muchas personas sueñan pero que a mí me estaba empezando a asfixiar.

En los últimos tiempos he leído muchos relatos de este tipo, aquellos que parten de la premisa “renuncié a mi trabajo y me fui a viajar por el mundo”. Hace algunos años ni me pasaba por la mente que yo escribiría una historia similar, con la única diferencia de que yo no me estoy yendo a viajar por el mundo.

Suave, suave…si no fue para viajar por el mundo, ¿por qué carajos te fuiste? Si vos amás viajar, es tu pasión, tenés un blog de viajes, no me arruinés la parte romántica…

Pues no, no voy tras el sueño dorado del Instagram. Y no porque de repente me haya picado algún bicho subtropical extraño que me haya quitado las ganas de viajar, sino porque esta decisión va mucho más allá de eso.

***

A mí desde chiquita me enseñaron a valorar la seguridad laboral, aquello de mejor pájaro en mano que cien volando. En mi casa nunca se fomentó demasiado el emprendedurismo, posiblemente porque la figura familiar dominante era mi mamá, hija de un  Estado benefactor y quien trabajó toda su vida con un mismo empleador que le dio estabilidad, un salario decente, garantías sociales y una pensión.

Mi papá sí tuvo su veta emprendedora. Hasta donde sé nunca fue empleado de nadie, heredó cierto patrimonio familiar que administró (sin mucho éxito), y hasta tuvo una venta de repuestos de auto que no duró mucho. Creo que de ahí nació el terror por emprender en mi casa, por los fracasos de mi papá, quien tenía creatividad y ganas pero no la disciplina y el rigor para llevar sus proyectos adelante.

El problema es yo no soy sólo hija de mi mamá, entonces siempre he tenido el gusanillo de trabajar para mí misma, de ser dueña de mi tiempo lo más posible y forjarme un camino propio, no necesariamente alineado a lo que la mayoría de gente entiende como el éxito.

Mi bronca con el sistema es, precisamente, que llega un punto en que uno empieza a cuestionarse si la vida es solamente eso: levantarse temprano en la mañana, irse al trabajo, trabajar todo el día, regresar, cenar, tener un ratito de vida, dormir, y al día siguiente repetir el ciclo. Sin mencionar que todos los días hay que invertir al menos 2 horas yendo y viniendo del trabajo.

Entonces…¿esto es? ¿Así va a ser hasta el final de mis días? 

Mi crisis existencial crecía a medida que pasaban los días. A veces habían pequeños grandes consuelos, como saber que cada 15 días me llegaba mi plata, los muchos beneficios que daba la empresa (que no le quito mérito, ha sido el mejor empleador que he tenido) y el disfrutar de conversaciones y bromas con mis compañeros de trabajo. Todas estas cosas me hacían feliz, pero en el fondo sentía un vacío que no se quitaba con nada.

“Usted está loca. Vea todas las cosas que tiene, ¡este trabajo se lo desea todo el mundo! No sea malagradecida, hay montones de personas que darían lo que fuera por estar en sus zapatos. ¿Qué es lo que quiere? ¿No le basta? Si, yo sé que usted quiere tener más tiempo, ver más a su sobrino, a su abuelita, sé que la deprime pasar tanto tiempo metida en presas, sé que quisiera estar haciendo algo más alineado a lo que a usted le gusta, pero dígame: ¿de donde va a sacar la plata? ¿qué piensa hacer?¿ya tiene un plan? ¿y si no sale bien? ¿para qué arriesgar la estabilidad que tiene aquí?

El monólogo anterior era el cerebro aplacando al corazón, tratando de hacerle ver que estaba equivocado y que era solamente “una fase”, que ya se me pasaría. La lucha interna siempre fue la más descarnada de todas en este asunto.

Hasta que leí una frase del siempre sabio Pepe Mujica que decía lo siguiente:

“No comprás con plata. Comprás con el tiempo de tu vida que gastás para conseguirla”

***

El tiempo, siempre el tiempo. El activo más subestimado en los tiempos modernos de consumo, dinero, prestigio y voracidad.

Yo no entendí el valor del tiempo hasta que la muerte me tocó la puerta un día hace ya 15 años. Cuando la muerte me quitó a dos personas queridas de una sola vez, entendí que por más dinero, éxito, bienes materiales que tuviera, nunca iba a recuperar el tiempo perdido. Aquel que gasté en tonterías en vez de pasarlo junto a ellos, de invertirlo en construir memorias.

Esa lección me quedó grabada a punta de fuego, pero como en todo, a veces uno la olvida cuando se ve inmerso en el torbellino emocional y laboral que implica la “adultez”. Aunque no la olvidé por completo, si hubo un breve momento de mi vida en que no la tuve tan presente porque estaba más preocupada con la idea de truinfar profesionalmente.

El asunto es que triunfé profesionalmente, al menos en la manera convencional. Pero cuando llegué ahí, me di cuenta que ese no era mi puerto seguro. Tenía dinero para vivir decentemente, tenía éxito en mis proyectos y era respetada entre mis compañeros y jefes. Pero me faltaba el activo que yo más anhelaba: tiempo.

***

¿Y para qué querés tanto tiempo?

En un inicio pensé que era para viajar más. Me frustraba tener sólo 12 días de vacaciones al año y no poder irme nunca más de una semana y media seguida porque en el trabajo “me necesitaban”, según yo. Por eso siempre viajaba cerca, nunca se me pasó por la cabeza un viaje a Europa o Asia porque 10 días jamás iban a ser suficientes, si por lo menos 4 de esos dias los iba a pasar en el avión!

Mi rebeldía inicial se vio motivada por mis ganas de salir. Sin embargo, conforme pasaba el tiempo y la decisión iba madurando me di cuenta que si yo me iba de mi trabajo sólo por el capricho de viajar iba a terminar por volver al círculo vicioso.

Si me fumaba la plata en viajes, apenas me viera en necesidad tendría que regresar de nuevo a buscar un trabajo de oficina similar al que dejé. En otras palabras, tendría que sacrificar de nuevo mi tiempo para vivir una vida que no me era auténtica.

Así que lo pensé mejor y me di cuenta que el mejor uso de mi tiempo, aparte de ver a mi familia y amigos, era invertir en mi educación. De esta forma, yo podría construir una vida de la que no quisiera estar escapando constantemente. El tiempo, ahora en abundancia, me serviría para crear la vida que siempre soñé pero que nunca perseguí por miedo a decepcionar a los demás.

***

Luego de un año y medio de meditarlo mucho, tomé la decisión de irme. El broche de oro fue una compra impulsiva de tiquetes de avión a Chile, para un viaje de dos semanas. Ni siquiera habia pedido las vacaciones, simplemente me dije “De por sí, ya no pienso estar en la oficina para ese momento”. Ahora que lo pienso, pudo haber sido una especie de compromiso ineludible asumido por aquello de que me dieran ganas de echarme para atrás a última hora.

No obstante, experimenté una paz que hacía tiempo no sentía en el momento en que me decidí, y ahí supe que no había vuelta atrás. Si el 2017 fue un año de angustia emocional, insatisfacción, frustración y mucho temor, el 2018 vino a ser el año de la determinación y la valentía, de saber que si no tomaba una decisión pronto me iba a arrepentir por el resto de mi vida.

“Si la voy a cagar, que al menos sea siendo valiente”. Eso fue lo que pensé. Y ese es mi mantra de ahora en adelante.

***

Y por ahora, aquí concluye mi relato. Como decía la canción de Calle 13 “no tengo todo calculado, ni mi vida resuelta, sólo tengo una sonrisa y espero otra de vuelta”. No tengo claridad aún de lo que voy a hacer, pero no siento temor y para mí, una miedosa crónica, eso es suficiente ganancia.

No espero nada, pero sé que quiero entregarlo todo de mí. Contrario a lo que todo el mundo me dijera alguna vez, me fui sin plan, pero cada día que pasa me convenzo más de que no tener plan es precisamente el mejor plan.

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7 comments

  1. Amiga es de valientes irse sin tener plan a, b,c….ud es muy fuerte y valiente y el tiempo no lo repone nada ni nadie. Estoy muy orgullosa de ud

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